miércoles, 28 de marzo de 2012

La Guerras de la Edad Media (sociales)







Principios y fundamentos ideológicos
La imagen difundida entre el gran público en nuestros días respecto a la guerra medieval es un puñado de tópicos donde se entremezclan caballeros de brillantes armaduras, duelos en los que el honor constituía un principio básico, eventos y hazañas heroicas que inspiraron los cantares de gesta y a los trovadores que los interpretaban, alimentando la imaginación aún hoy en día de un buen número de personas.
Tales tópicos parecen haber desviado a la opinión general del hecho de que el fenómeno bélico debía ser tan cruel, cruento y desagradable como lo es actualmente, si no aún más, pues si bien hoy en día el poder de destrucción de una fuerza militar y de su armamento es exponencialmente mayor que en aquellos tiempos, la guerra se hallaba plenamente integrada en la realidad del medioevo, mientras que hoy en día la guerra es considerada un fenómeno extraordinario y, por regla general, desaconsejable.
Tapiz de Bayeux. Los cruentos combates cuerpo a cuerpo caracterizaron la guerras en la Edad Media
Para el período en el que ahora nos introducimos, en cambio, la fuerza física parecía ser el elemento esencial para dirimir cualquier litigio por mucho que el mismo se ciñera a un espacio territorial de pequeño tamaño. La violencia y el combate, por tanto, eran un baremo de estatus como podía serlo la propiedad de la tierra. El ejercicio de la guerra era un factor de distinción social.
Los preceptos bélicos medievales tanto de carácter teórico como práctico procedían en su mayoría de los textos grecolatinos. En este contexto se observa el origen y continuidad de esta tradición en los tratados bizantinos, quizá los más completos, de los cuales aunque se han recuperado pocos, fueron copiados asiduamente a partir del siglo XVI en medio de la resurrección del interés por el fenómeno bélico que acompañó al Renacimiento.
Las obras publicadas en la zona oriental del Mediterráneo durante la Alta Edad Media muestran un interés didáctico palpable, pues se acompañaba el texto de ilustraciones minuciosamente dibujadas, lo que representa una baza a favor de lo que en ellas se refleja.
Lámina doble de una de las numerosas copias medievales del Tratado Re Militari
Las ilustraciones, por regla general, completaban la explicación del manejo y características de pesadas y complejas máquinas de guerra. Un ejemplo ilustrativo constituye el texto de Flavio Vegecio Renato, oficial del siglo IV d. C. Su obra Re militari, fue ampliamente traducida, copiada adaptada y divulgada: aún hoy se conservan 300 ejemplares manuscritos, que constituyen tan sólo una parte de los que, con toda seguridad, dispusieron sus contemporáneos.
Otra de las láminas de una copia medieval del Tratado de VegecioSu presencia en bibliotecas reales y nobiliarias indica que la lectura debería ser obligada para mandos militares. La densidad y especificidad de la misma dan a entender que estuvo pensada para el estudio reposado y en detalle antes que para la consulta rápida. Esto, no obstante, también puede relativizarse si tenemos en cuenta que existieron ediciones de lujo para un público muy exclusivo, destinadas a reposar en los anaqueles de las bibliotecas y, por otra parte, ediciones de pequeño formato, considerablemente más ligeras, lo que lleva a pensar. También, que la obra estuviera a disposición de los militares para transportarla en campaña.
No disponemos de un volumen de cultura y material arqueológico suficientemente rico por la propia naturaleza perecedera del hierro y de la madera, componentes básicos del armamento ofensivo y defensivo. Nuestras fuentes de información serán, por tanto, las miniaturas de los códices.
Los códices constituyen una magnífica fuente para conocer distintos pormenores sobre la guerra en la Edad Media. En la imagen, lámina del Códice Chigi
Sin embargo, por esmerada que sea la factura de la ilustración, el detalle no tiene por qué -y de hecho rara vez solía- estar en concordancia con la realidad, no siendo extraño que la narración de una batalla o guerra pretérita estuviera ilustrada con miniaturas donde se reflejaban armaduras e ingeniería militar contemporáneas al autor. La fiabilidad de la miniatura se elevará, por ello, en su contraste con los textos manuscritos.
Evolución de la técnica, el armamento y la estrategia
Fue en los estados de Flandes y en el norte de Italia donde se observa el papel de la infantería en la mayor parte del mundo europeo occidental durante la Edad Media. A partir de 1300 la infantería adquirió en estos territorios no sólo un peso específico sino también una identidad corporativa que conllevó un cuestionamiento de la superioridad de la caballería en el orden social establecido.
Lámina del Tratado Bellifortis (s. XV). Las armas de proyectil trajeron consigo nuevas estrategias militares en la guerra de la Baja Edad Media.
El desarrollo de las denominadas armas de proyectil como el arco y la ballesta y en un periodo tardío la pólvora, sellaron la mayor efectividad de la infantería que, gracias a estos artefactos, podía derribar con facilidad a un jinete, en principio mejor armado y protegido.
Ello supuso que a partir del siglo XIV un buen número de caballeros pusieran en evidencia su estatus acudiendo montados a caballo a la batalla para descabalgar justo antes de comenzar la misma. De este modo contaban con mayores garantías para aguantar en pie sin causar baja.
entre muchas mas etc.. 
Guerra, ejércitos y su relación con el poder político y administrativo
Desde la caída del Imperio romano a la Baja Edad Media asistimos a una presencia masiva de la infantería en el campo de batalla, independientemente de que en amplios contextos, donde se producían choques con pueblos germánicos, ésta no fuera predominante como hemos apuntado anteriormente. En la Alta Edad Moderna, para el caso de Bizancio, el asedio aún no constituía la técnica fundamental de conducir la guerra. Belisario derrotó a los vándalos en la batalla de Tricamerón (535) cayendo así su reino en manos imperiales tras una muy contundente ofensiva, por lo que el asedio resultó completamente superfluo, incluso a la hora de capturar ciudades fortificadas a conciencia en el norte de África.
Asedio de Atenas por las tropas bizantinas de Alejandro el Grande.  Ilustración del siglo XIV
Sin embargo, el dominio de la Península Itálica estuvo a merced de estudiados asedios que destacaron por la persistencia en los mismos, siendo necesarias dos décadas para rendir las principales ciudades de esta área al poder bizantino. La movilización masiva de la infantería y los asedios prolongados fueron la tónica general en el debilitamiento de del Imperio bizantino, lo que sumado a las campañas contra los ostrogodos en el 552 y contra el Imperio Persa en el 628 facilitarían considerablemente la conquista de la región oriental del Imperio por los ejércitos islámicos de los siglos VII y VIII, cuando éstos últimos se apoderaron de Palestina, Siria, Egipto y, posteriormente, una parte de la Península Itálica.
Pese al desgaste, a mediados del siglo IX, Bizancio demostró ser capaz de poner en pie un ejército de 120.000 hombres, otro de campaña de 25.000 y, finalmente, otro ejército provincial de hasta 55.000 efectivos. Esto fue posible apoyándose en una base demográfica de unas 8 millones de personas. Las dificultades, por tanto, parecen señalar una tendencia a que estados no consolidados ni suficientemente unificados pusieran en liza grandes ejércitos, lo que a la larga supondría la conquista del territorio romano oriental por tropas musulmanas así como la fragmentación del Imperio carolingio en múltiples estados.
Miniatura ilustrada de la Batalla de Poitiers, en la Guerra de los Cien Años
Si el peso de la infantería fue significativo y la mayoría de las veces preponderante desde principios de la Edad Media, no es menos cierto que, a partir de la Baja Edad Media, la caballería no sólo no se mantiene en un plano secundario sino que afirma su importancia. Durante la Guerra de los Cien Años, generalmente fechada entre 1337 y 1435, los franceses recurrieron a la caballería para atacar a los ingleses en Crécy, en 1346, y Poitiers, en 1365.
Batalla de Crècy
Los ingleses prefirieron basar su defensa en la infantería al verse obligados a desmontar para resistir la carga de la caballería manteniendo una formación compacta, lo que hizo que, transcurridos los primeros momentos del combate, Inglaterra pudiera pasar a la ofensiva, utilizando la caballería para llevar a cabo devastaciones sistemáticas de las principales fuentes de riqueza del territorio francés así como de sus infraestructuras.
Ello llevaría a Eduardo III a ampliar su soberanía sobre territorios que abarcaban una tercera parte de Francia en 1360. Se estaba imponiendo esta vez un modelo basado en fuerzas militares considerablemente más pequeñas que aquellas que fueron movilizadas en la Alta Edad Media, reclutadas ahora y conforme nos acercamos al siglo XV entre la población autóctona a cambio de un sueldo en reinos de gran tamaño como Francia e Inglaterra -la relajación de los vínculos feudovasalláticos en materia de guerra obligaban a ello- o, en el caso de estados de menor tamaño, al reclutamiento de soldados foráneos, en definitiva, mercenarios.
El Sitio de Orleans
No podemos descartar por otra parte que el debilitamiento de este vínculo feudovasallático en caso de guerra estuviera directamente relacionado con la centralización del poder político y administrativo en manos de un monarca u otro modelo análogo de soberano que, en el siglo XVI, daría lugar al surgimiento del llamado primitivo Estado moderno.
(Autora del texto del artículo/colaboradora de ARTEGUIAS:
                                                          
  fuente:)        http://www.arteguias.com/guerraedadmedia.htm